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¿Qué tan pequeño puede ser el mercado del oro?

¿Qué tan pequeño puede ser el mercado del oro?
BATEA Insights

¿Qué tan pequeño puede ser el mercado del oro?

Imaginemos a un barequero que al terminar su jornada ha producido 0,5 gramos de oro.

Es una cantidad diminuta si se observa desde el final de la cadena. Una exportación puede reunir varios kilos y una refinería puede procesar volúmenes mucho mayores. Pero para ese productor, medio gramo no es una fracción estadística: es su producción del día.

Ese pequeño volumen tiene peso, ley, precio y propietario. Puede venderse, pagarse y eventualmente terminar, junto con muchas otras pequeñas producciones, en el mercado internacional.

El problema no es que medio gramo sea demasiado pequeño.

El problema es si la infraestructura necesaria para transarlo resulta demasiado grande.

La granularidad.

En tecnología y economía se habla de granularidad para describir el nivel de detalle con el que un sistema puede trabajar.

El mercado del oro tiene una granularidad productiva extraordinaria. En un extremo puede existir una gran mina produciendo toneladas; en el otro, una persona produciendo fracciones de gramo.

Pero la infraestructura comercial, administrativa y financiera no siempre tiene la misma capacidad para trabajar eficientemente en escalas tan pequeñas.

Identificar al productor, pesar el oro, establecer su ley, determinar un precio, registrar la operación, pagarla y conservar evidencia tiene costos.

Y ahí aparece una paradoja sencilla:

El oro puede dividirse fácilmente. Los costos de transarlo, no.

Lo que aprendimos de las billeteras digitales:

El sistema financiero enfrentó durante décadas un problema parecido.

Mover cantidades pequeñas de dinero podía resultar costoso cuando detrás de cada operación existían oficinas, formularios, procesos manuales y una infraestructura diseñada principalmente para operaciones mayores.

La digitalización cambió esa ecuación.

Las billeteras digitales, los pagos inmediatos y las nuevas infraestructuras financieras permitieron procesar millones de operaciones pequeñas a costos cada vez menores.

Hoy una persona puede pagar un café, recibir una pequeña transferencia o mover unos cuantos miles de pesos sin que el sistema tenga que reconstruir su identidad desde cero cada vez que realiza una operación.

La escala está en la infraestructura, no necesariamente en el tamaño de cada transacción.

Quizás el mercado del oro pueda aprender algo de esa transformación.

Identificar una vez, reconocer muchas veces:

Una infraestructura moderna puede distinguir entre dos momentos diferentes: conocer adecuadamente a una persona y procesar posteriormente sus operaciones.

La vinculación inicial puede requerir identificación, verificaciones y controles. Una vez construida esa identidad, las transacciones recurrentes pueden hacerse mucho más sencillas sin perder quién las realizó.

Para un pequeño productor esto resulta fundamental.

La tecnología no debería obligarlo a producir diez gramos para que resulte económicamente viable reconocerlo.

Debería permitir que pueda participar del mercado aun cuando produzca medio gramo.

Del medio gramo al kilo:

La pequeña producción, además, rara vez permanece pequeña durante todo su recorrido.

Un productor aporta medio gramo. Otro aporta una cantidad diferente. Decenas o cientos de pequeñas operaciones pueden reunirse en un nodo territorial.

Esas cantidades pueden posteriormente consolidarse con otras hasta formar cientos de gramos y, más adelante, kilos.

La escala aparece mediante la agregación.

Pero aquí existe una diferencia fundamental entre el oro físico y la información.

Cuando diferentes producciones se funden, físicamente dejan de distinguirse unas de otras.

Digitalmente, su historia no tiene por qué desaparecer.

Una infraestructura bien diseñada puede permitir que un volumen grande conserve debajo de sí el registro de las pequeñas operaciones que lo construyeron.

El oro se agrega. La información no tiene por qué desaparecer.

Nodos diferentes para realidades diferentes:

Esto también significa que todos los participantes del mercado no necesitan operar de la misma manera ni en la misma escala.

Un nodo territorial puede recibir cantidades muy pequeñas. Otro puede consolidar cientos de gramos. Otro puede reunir kilos. Más adelante, un comercializador puede conformar un lote destinado al mercado internacional.

Cada nodo cumple una función distinta.

La infraestructura no debería intentar uniformarlos.

Debería permitir que esas diferentes escalas puedan conectarse entre sí conservando información suficiente sobre lo ocurrido en cada paso.

Y esa arquitectura solo funciona si también es económicamente sostenible.

Todos tienen que poder participar:

La inclusión no consiste simplemente en permitir que una transacción pequeña entre al sistema.

Tiene que ser económicamente viable procesarla.

El productor necesita recibir un precio comprensible. El abastecedor territorial necesita remunerar el capital, el desplazamiento, la operación y los riesgos que asume. Quien consolida debe poder cubrir sus costos. El comercializador internacional también necesita una operación sostenible para conectar ese oro con el siguiente mercado.

Una infraestructura que haga inviable alguno de esos nodos terminará buscando caminos por fuera de ella.

Por eso modernizar un mercado no significa necesariamente eliminar intermediarios.

Significa comprender qué función cumple cada uno, cuánto cuesta esa función y cuánto valor aporta.

La democracia de la información:

Aquí la granularidad adquiere otra dimensión.

Cuando un productor conoce el peso, la ley, el precio y las condiciones bajo las cuales se compra su oro, tiene mejores herramientas para decidir.

Cuando un abastecedor puede demostrar de dónde provienen las pequeñas producciones que ha agregado, disminuye incertidumbre.

Cuando quien recibe una consolidación encuentra información organizada sobre las operaciones anteriores, disminuye la necesidad de reconstruir la historia desde cero.

La información empieza entonces a recorrer la cadena junto con el oro.

Eso no garantiza por sí solo que el valor se distribuya justamente. Pero reduce asimetrías, hace visibles costos y márgenes y mejora la capacidad de cada participante para entender y negociar su lugar dentro del mercado.

Democratizar la información también puede democratizar la capacidad de negociar el valor.

Una infraestructura para lo pequeño:

Quizás una de las grandes transformaciones financieras de las últimas décadas no haya sido solamente mover dinero más rápido.

Fue conseguir que operaciones cada vez más pequeñas pudieran participar de sistemas cada vez más grandes.

El mercado del oro enfrenta un desafío parecido.

No necesariamente necesita que sus pequeños productores se hagan grandes. Necesita una infraestructura capaz de reconocerlos, procesar eficientemente sus pequeñas operaciones y agregarlas sin borrar su identidad.

Porque detrás de un kilo pueden existir cientos de historias productivas.

Y detrás de una de ellas puede haber simplemente una persona que terminó su jornada con medio gramo de oro.

La tecnología no debería hacer grande al pequeño para poder verlo. Debería aprender a verlo siendo pequeño.