
El oro no alimenta, no abriga y durante buena parte de la historia fue menos útil para fabricar herramientas que otros metales. Sin embargo, pocas sustancias han ejercido una fascinación semejante sobre la humanidad.
Peter L. Bernstein comienza su libro El oro: historia de una obsesión recordando una provocación de Tomás Moro: resulta sorprendente que algo de utilidad práctica tan limitada haya llegado a ser estimado por los seres humanos hasta semejante extremo.
La pregunta sigue siendo extraordinaria: ¿por qué el oro?
Parte de la respuesta está en el propio metal.
El oro es escaso. No se oxida ni se deteriora fácilmente. Puede fundirse y transformarse una y otra vez. Es maleable, divisible y reconocible. Y, sobre todo, permite concentrar una cantidad importante de riqueza en muy poco espacio.
Eso último resultó fundamental.
Guardar alimentos durante generaciones es difícil. Los animales mueren. La tierra no puede transportarse. Muchas mercancías ocupan grandes espacios o pierden sus propiedades con el tiempo.
El oro podía guardarse, transportarse, pesarse, dividirse y volver posteriormente al intercambio.
De símbolo a riqueza
Pero sus propiedades físicas cuentan solamente una parte de la historia.
Mucho antes de convertirse en moneda, distintas sociedades ya habían asociado el oro con el poder, la belleza, lo sagrado y la permanencia. Su brillo y su resistencia al paso del tiempo hicieron que apareciera en objetos ceremoniales, adornos, tumbas y símbolos de autoridad en culturas muy distantes entre sí.
No todas esas sociedades utilizaron el oro como dinero. Primero fue objeto de fascinación, símbolo y acumulación de riqueza.
Con el desarrollo del comercio apareció otra de sus grandes ventajas: algo que muchas personas consideraban valioso podía también utilizarse para intercambiar valor.
El oro comenzó a pesarse, dividirse, acuñarse y almacenarse. Con el tiempo fue moneda, respaldo monetario y reserva de riqueza.
La obsesión
Cuando Cristóbal Colón llegó a América a finales del siglo XV, esa fascinación llevaba ya miles de años construyéndose.
En los relatos de sus viajes el oro aparece repetidamente: observa adornos, pregunta por su procedencia e intenta determinar dónde puede encontrarse.
Colón no llevó a Europa la fascinación por el oro.
Llegó a América cargando con ella.
Cinco siglos después
El mundo monetario cambió profundamente. El oro dejó de circular como moneda cotidiana, desapareció el patrón oro internacional y hoy una enorme parte de nuestro dinero existe solamente como información electrónica.
Pero el oro permanece.
Los bancos centrales continúan manteniéndolo entre sus reservas. Los mercados internacionales lo negocian diariamente. Familias y sociedades de culturas muy diferentes continúan guardándolo como joya, patrimonio y reserva de riqueza.
Quizá su permanencia se explique porque pocas sustancias reúnen de manera tan particular dos historias.
Una pertenece a la naturaleza: escasez, durabilidad, divisibilidad y capacidad para conservarse.
La otra pertenece a nosotros: confianza, poder, belleza, miedo, deseo y memoria.
La naturaleza creó el oro.
Los seres humanos construimos su valor.
Fuentes
Peter L. Bernstein — El oro: historia de una obsesión.
Cristóbal Colón — Diario y relaciones de los viajes.
Germán Arciniegas — Biografía del Caribe.
World Gold Council — Historia y propiedades del oro.
Banco de la República — Historia monetaria y reservas internacionales.





