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Hacia un mercado organizado del oro en Colombia

Hacia un mercado organizado del oro en Colombia
BATEA Insights

Hacia un mercado organizado del oro en Colombia

Un mercado que aprendió a funcionar solo.

Comprar oro requiere grandes cantidades de dinero y deja márgenes relativamente pequeños.

Sin embargo, durante años el sector ha tenido dificultades para acceder a financiación diseñada específicamente para su actividad.

El mercado encontró sus propias soluciones.

Capital propio, préstamos de familiares y comerciantes, propiedades utilizadas como respaldo, inversionistas privados y crédito entre los mismos participantes de la cadena han permitido financiar muchas operaciones legítimas.

El problema no es que estas soluciones existan.

El problema es que nunca terminamos de convertirlas en una verdadera estructura de mercado.

Cuando la confianza reemplaza al capital.

En el comercio territorial es posible encontrar una situación aparentemente sencilla: alguien entrega oro esperando recibir su dinero de contado.

Pero el comprador no siempre dispone de toda la liquidez. Paga una parte y queda debiendo otra.

Para completar el pago necesita vender al siguiente comprador.

Sin haberlo planeado, quien entregó el oro terminó financiando a quien se lo compró.

Y así puede repetirse hacia adelante:

el oro avanza por la cadena mientras el dinero intenta regresar por ella.

Cuando todo funciona, parece un mercado líquido.

Cuando aparece una restricción bancaria, un incumplimiento o simplemente falta de caja, descubrimos cuánto dependía cada participante del siguiente.

Cambian los nombres. La fragilidad permanece.

Durante años han aparecido nuevos compradores atraídos por un negocio que mueve enormes cantidades de dinero.

Algunos consiguen capital, constituyen empresas, cumplen requisitos e ingresan al mercado con la intención genuina de hacer las cosas bien. Pero tener autorización para comprar oro no significa necesariamente tener capacidad financiera para sostener el volumen que se compra.

Entonces vuelven a aparecer pagos parciales, deudas, cambios de comprador y nuevos participantes intentando ocupar el espacio que dejaron otros.

No necesariamente estamos ante un problema de ilegalidad.

Estamos ante un mercado insuficientemente estructurado.

El mercado negro también compite.

Colombia no puede desconocer la presencia de economías criminales alrededor del oro. Existen y deben combatirse.

Pero sería un error analizar todo el mercado exclusivamente desde esa realidad.

Cuando al empresario formal se le acumulan dificultades bancarias, tributarias, jurídicas y operativas sin ofrecerle instrumentos adecuados para funcionar, la informalidad obtiene una ventaja peligrosa: puede ofrecer soluciones más rápidas precisamente porque ignora las reglas.

Entonces terminan pagando justos por pecadores.

Una regulación diseñada para combatir una conducta ilegal puede terminar haciendo más difícil la vida de quien intenta permanecer dentro de la legalidad.

Por eso regular el oro exige primero comprender cómo funciona su mercado.

El sector también tiene una responsabilidad.

No todo puede pedírsele al Estado.

Los propios comercializadores necesitan construir instituciones, gremios y mejores prácticas capaces de ordenar su actividad.

Los mercados organizados del mundo utilizan conceptos que no tienen nada de extraordinario:

capacidad financiera, límites de exposición, gestión de contraparte, contratos, conciliación, liquidación y reglas claras de pago.

No significa fijar entre competidores cuánto debe pagarse por el oro. Cada empresa debe competir libremente.

Significa algo más elemental:

no comprar lo que no se puede pagar.

No ofrecer lo que financieramente no se puede sostener.

No trasladar al proveedor el riesgo que corresponde al comprador.

Organizar antes que simplemente regular.

Colombia necesita controles sobre el origen del oro y del dinero. Necesita trazabilidad y debida diligencia.

Pero también necesita preguntarse qué condiciones permiten que el comercio formal sea sostenible.

Gobierno, entidades financieras, productores y comercializadores tienen una oportunidad de construir reglas que nazcan del conocimiento real del mercado y no solamente de sus problemas.

Porque existe una diferencia enorme entre tener actores formalizados y tener un mercado organizado.

Un mercado organizado conoce quién participa, cuánto puede operar, cómo se respaldan sus obligaciones y qué ocurre cuando alguien incumple.

Quizá esa sea una de las conversaciones pendientes del oro colombiano.

La formalidad no debería ser el camino más difícil para hacer las cosas bien.