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¿Qué imagen estamos construyendo del minero?

¿Qué imagen estamos construyendo del minero?
BATEA Insights

¿Qué imagen estamos construyendo del minero?

En 1922, Walter Lippmann planteó en Public Opinion una idea que conserva una notable actualidad: buena parte de aquello sobre lo que opinamos pertenece a un mundo que no hemos experimentado directamente. Para comprenderlo construimos imágenes mentales a partir de los fragmentos de realidad que recibimos.

Décadas después, los estudios sobre agenda-setting y framing profundizarían esa reflexión: aquello que aparece reiteradamente ante nosotros, y la manera como es presentado, participa en la construcción de nuestra percepción.

Pensemos entonces en una pregunta sencilla:

¿Cuántos colombianos que viven fuera de los territorios mineros conocen personalmente a alguien que produce o comercializa oro?

En el territorio, la percepción es diferente

En El Bagre y Nechí, en Antioquia; Istmina, en Chocó; Guapi, en Cauca; o Marmato, en Caldas, la minería difícilmente puede reducirse a una noticia.

Allí el minero puede ser el vecino, un familiar, el cliente de un comercio o quien contrata trabajadores. El comercializador puede ser alguien conocido en el municipio. Alrededor del oro trabajan transportadores, mecánicos, proveedores y pequeños negocios; se compran alimentos, combustible y repuestos y se sostienen familias.

También existen realidades productivas muy distintas. Está quien obtiene unos gramos mediante el barequeo y quien comenzó pequeño pero, después de años de trabajo y reinversión, compró motores, bombas, maquinaria o excavadoras.

En estos municipios las personas conocen esas diferencias porque conviven con ellas.

En los territorios mineros no solamente se conoce la minería. Se conoce a los mineros.

Fuera de ellos, nuestra experiencia puede ser completamente diferente.

La minería que llega al celular

Una captura es noticia. Una operación contra una estructura criminal es noticia. La destrucción de maquinaria es noticia. La afectación de un río es noticia.

Y es razonable que lo sean.

La jornada de un productor que trabajó, pagó a sus trabajadores, compró un repuesto y regresó a su casa difícilmente tendrá el mismo interés periodístico. Tampoco lo tendrá el día normal de un comercializador que abrió su establecimiento, realizó sus operaciones y cerró por la tarde.

Lo extraordinario tiene mayor valor noticioso que lo cotidiano.

El asunto merece atención cuando esa selección, perfectamente comprensible desde la lógica informativa, se convierte para quien vive lejos del territorio en su principal contacto con la minería.

Día tras día llegan al celular palabras e imágenes semejantes:

minería ilegal, extracción ilícita, criminalidad, capturas, maquinaria destruida, contaminación, oro ilegal.

Cada noticia puede estar describiendo correctamente un acontecimiento particular.

Pero la acumulación de acontecimientos particulares también puede terminar construyendo una representación general.

Cuando el titular se convierte en percepción

Las redes sociales intensifican ese proceso.

Muchas veces ya no leemos una noticia completa. Vemos el titular, una fotografía o unos segundos de video antes de continuar desplazándonos por el celular.

El contexto se reduce, mientras ciertas asociaciones se repiten:

oro, ilegalidad, criminalidad, maquinaria, minero.

No hace falta que exista una intención deliberada de construir un estereotipo. La repetición puede hacerlo por sí misma.

Y allí ocurre algo particularmente importante: una expresión utilizada para describir una actividad puede terminar convirtiéndose en la manera como imaginamos a una persona.

De “minería ilegal” pasamos casi imperceptiblemente a “minero ilegal”.

¿Y quién es ese minero?

La respuesta rara vez cabe en dos palabras.

Puede ser un barequero de subsistencia. Puede ser un productor formal. Puede estar recorriendo un proceso de formalización. Puede haber comenzado con herramientas sencillas y haber acumulado durante años suficiente capital para comprar motores, maquinaria o una excavadora.

Puede cumplir algunas obligaciones y tener otras pendientes.

También puede existir quien deliberadamente desarrolla una actividad ilícita, incumple las normas ambientales o participa en una estructura criminal.

No son la misma persona.

Una batea no demuestra legalidad, del mismo modo que una excavadora no demuestra criminalidad.

Y reconocer esas diferencias no significa relativizar la ley ni construir ahora una imagen idealizada del minero. Significa aceptar que una categoría general difícilmente puede describir historias personales, económicas y jurídicas tan diferentes.

Las historias que vemos menos

También conocemos historias positivas sobre la minería.

Son frecuentes las noticias sobre programas de formalización, jornadas institucionales, entrega de títulos, capacitaciones o productores que finalmente ingresan a la legalidad.

Es importante que esos avances se conozcan.

Pero entre la noticia del operativo y la noticia de la formalización queda un personaje mucho menos visible:

el minero que todavía está en medio del camino.

El que aún no tiene todos sus documentos, pero trabaja.

El que comenzó pequeño y reinvirtió.

El que compró su primer motor y años después consiguió maquinaria.

El que sostiene trabajadores y una familia.

El que está intentando ordenar su actividad.

No sabemos necesariamente si cumple todo lo que debería cumplir. Tampoco deberíamos presumirlo.

Pero quizás valga la pena conocer su historia antes de decidir quién es.

El día que un productor obtiene un documento puede cambiar su situación jurídica. La persona ya estaba allí.

Una percepción que alcanza a todo el sector

El fenómeno tampoco termina en el minero.

El comercializador de oro puede ser percibido bajo el mismo marco. También quienes prestan servicios alrededor de la actividad y, progresivamente, los propios territorios mineros.

Así, palabras necesarias para describir problemas concretos pueden adquirir un significado mucho más amplio.

Y las percepciones importan porque no permanecen exclusivamente en la conversación de las redes. Forman parte de la manera como una sociedad mira determinados oficios, empresas, municipios y personas.

Una reputación colectiva puede construirse lentamente.

Y puede tardar mucho más en desaparecer.

Perspectiva Batea | Ampliar la mirada

Nada de esto significa que los medios deban dejar de informar sobre minería ilegal, afectaciones ambientales o estructuras criminales relacionadas con el oro.

Todo lo contrario. Una sociedad necesita conocerlas.

Quizás exista espacio, simplemente, para ampliar la mirada.

Para contar también algunas de las historias que, precisamente por ser cotidianas, pocas veces se convierten en noticia.

No para reemplazar una imagen negativa por una positiva.

No todos los mineros son iguales. No todos los comercializadores son iguales. No todas las operaciones son iguales.

Y ese es precisamente el punto.

Conclusión

Hace más de cien años, Lippmann reflexionaba sobre las imágenes que construimos de un mundo demasiado grande para conocerlo directamente.

Hoy ese mundo cabe en un celular.

Mañana probablemente veremos otra noticia sobre una captura, una operación contra la minería ilícita o maquinaria destruida. Son acontecimientos que debemos conocer.

Pero una noticia cuenta un acontecimiento.

No necesariamente describe a todas las personas que comparten una actividad.

En El Bagre, Istmina, Guapi, Marmato o Nechí esa diferencia puede resultar evidente. Allí detrás de palabras como minero o comercializador existen personas conocidas, familias, historias, negocios y trayectorias distintas.

Quienes vivimos lejos de esos territorios tenemos menos oportunidades de conocerlas.

Y quizá por eso la pregunta sea todavía más necesaria:

¿Qué imagen estamos construyendo del minero?

Porque antes de ser un titular, una categoría jurídica o una percepción en nuestro celular, es una persona.