
Hablar de debida diligencia en la antigua Roma sería un anacronismo.
No existían el conocimiento del cliente, las listas restrictivas, los sistemas de prevención del lavado de activos ni las cadenas globales de suministro como las entendemos actualmente.
Pero algunas de las preguntas que hoy intenta responder la debida diligencia son muchísimo más antiguas.
Una vieja pregunta sobre el origen:
El derecho romano conocía la res furtiva: una cosa que había sido robada.
Las reglas sobre propiedad y usucapión establecieron una distinción interesante. En determinadas circunstancias, una persona que recibía de buena fe un bien de quien creía propietario podía llegar a adquirir su propiedad por el transcurso del tiempo.
Pero existían excepciones.
Una cosa robada no podía convertirse de esa manera en propiedad legítima simplemente porque posteriormente hubiera llegado a manos de alguien que desconocía el robo.
La buena fe del nuevo poseedor no eliminaba automáticamente el problema que existía en el origen del bien.
No era debida diligencia en el sentido moderno.
Pero detrás aparecía una pregunta que acompañaría durante siglos al comercio:
¿tenía quien me entregó este bien derecho legítimo para disponer de él?
Cuando conocer a la contraparte se volvió fundamental:
Con el desarrollo del comercio y, mucho después, del sistema financiero moderno, la pregunta fue adquiriendo nuevas dimensiones.
Ya no se trataba solamente de saber quién podía transmitir legítimamente un bien.
También comenzó a importar quién estaba al otro lado de una operación y de dónde provenían los recursos utilizados.
A finales del siglo XX esta preocupación adquirió una estructura internacional mucho más definida.
En 1989 fue creado el Grupo de Acción Financiera Internacional —GAFI— y en 1990 publicó sus primeras 40 Recomendaciones para combatir el lavado de activos.
Aquellos estándares evolucionaron durante las décadas siguientes. La revisión de 2003 consolidó elementos que hoy resultan familiares: identificar y verificar al cliente, conocer al beneficiario final, comprender el propósito de una relación comercial, conservar información y observar las transacciones durante el tiempo.
La pregunta comenzaba a cambiar.
Ya no era solamente:
¿quién es mi cliente?
También era:
¿quién está realmente detrás de él y lo que hace corresponde con lo que conozco de él?
La pregunta sale del banco:
Durante el siglo XXI ocurrió otro cambio importante.
La debida diligencia comenzó a extenderse con mayor fuerza hacia las cadenas internacionales de suministro.
En 2011, la OCDE publicó su Guía de Debida Diligencia para Cadenas de Suministro Responsables de Minerales provenientes de zonas afectadas por conflictos y de alto riesgo.
El enfoque amplió nuevamente la pregunta.
Una empresa que compraba minerales no debía observar únicamente a su proveedor inmediato. También debía identificar y gestionar determinados riesgos existentes dentro de la cadena de suministro.
La procedencia del bien volvía a ocupar un lugar central, pero ahora dentro de mercados globales extraordinariamente más complejos que los conocidos siglos atrás.
Y la pregunta llegó al oro:
El mercado internacional del oro incorporó progresivamente esos principios.
Desde 2012, las refinerías incluidas en la lista Good Delivery de la London Bullion Market Association —LBMA— deben someterse a auditorías dentro de su programa de abastecimiento responsable.
Su Responsible Gold Guidance tomó como referencia el modelo de debida diligencia de la OCDE y fue incorporando cuestiones como conocimiento de contrapartes, origen del material, lavado de activos, derechos humanos y riesgos existentes en la cadena de suministro.
La debida diligencia había recorrido entonces un camino considerable.
De conocer al cliente pasó a conocer al beneficiario final.
De conocer al proveedor pasó a intentar comprender la cadena.
Y de revisar una relación al comienzo pasó progresivamente a monitorearla durante el tiempo.
Las herramientas cambian, la pregunta permanece
Hoy existen documentos digitales, biometría, bases de datos, listas internacionales, sistemas de monitoreo, análisis de transacciones y tecnologías capaces de relacionar enormes cantidades de información.
Seguramente aparecerán muchas herramientas más.
Pero la tecnología no elimina la pregunta que dio origen a la necesidad de conocer mejor aquello que intercambiamos.
La hace posible a una escala diferente.
Desde una cosa robada en el mundo romano hasta una transacción financiera o una cadena internacional de minerales, las sociedades han construido mecanismos diferentes para enfrentar un problema recurrente: la confianza comercial necesita información.
Dos mil años después, las herramientas son radicalmente distintas.
La pregunta, en cambio, resulta sorprendentemente familiar:
¿conozco suficientemente a quien está al otro lado de esta transacción y entiendo de dónde viene aquello que estoy recibiendo?
Fuentes:
Institutas de Justiniano, libro II, título VI; Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI/FATF), historia y evolución de las 40 Recomendaciones; OCDE, Due Diligence Guidance for Responsible Supply Chains of Minerals from Conflict-Affected and High-Risk Areas; London Bullion Market Association (LBMA), Responsible Gold Guidance y Responsible Sourcing Programme.





