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Minería aluvial: una huella difícil de medir

Minería aluvial: una huella difícil de medir
Sostenibilidad

Minería aluvial: una huella difícil de medir

El oro debajo del paisaje:

El oro aluvial tiene una característica que condiciona buena parte de su relación con el ambiente: no se encuentra distribuido uniformemente. Los procesos de erosión, transporte y sedimentación lo han concentrado durante largos períodos en gravas, arenas, terrazas, márgenes, antiguos cauces y otros depósitos asociados a los sistemas fluviales.

Para recuperarlo hay que acceder precisamente a esos materiales. Dependiendo del depósito y de la tecnología utilizada, esto puede significar desde remover pequeñas cantidades de sedimento con herramientas manuales hasta excavar grandes volúmenes de tierra, utilizar agua para lavar y clasificar el material y movilizar gravas, arenas y finos antes de obtener una fracción diminuta de oro.

Por eso, la primera dificultad para comprender ambientalmente esta minería consiste en reconocer que no existe una relación sencilla entre la cantidad de oro obtenida y la transformación necesaria para encontrarlo.

Un depósito rico puede producir cantidades importantes interviniendo relativamente poco material. Otro puede exigir grandes excavaciones para recuperar cantidades mucho menores. Y existe un caso todavía más revelador: una exploración puede abrir cateos y frentes, mover tierra y finalmente descubrir que el depósito no resulta económicamente explotable.

Puede existir, por tanto, impacto ambiental incluso donde prácticamente no hubo producción.

No existe una sola minería aluvial:

La investigación colombiana muestra una enorme diversidad tecnológica. Conviven actividades manuales como el barequeo con operaciones que utilizan motobombas y minidragas, y con explotaciones mecanizadas mediante retroexcavadoras, dragas, tolvas, clasificadoras y canalones.

La diferencia no es menor. La capacidad de transformar el territorio cambia con la maquinaria, el volumen movilizado, el agua requerida, la ubicación de la explotación y la velocidad con la que puede avanzar un frente.

Estudios realizados en la cuenca del río Quito, en Chocó, han identificado distintos niveles de afectación asociados a la intensidad de la intervención: desde alteraciones menores vinculadas a técnicas artesanales hasta transformaciones mucho mayores relacionadas con retroexcavadoras, bombas de agua y grandes dragas que intervienen terrazas y sistemas fluviales.

Esto permite hacer una distinción importante: el gramo de oro mide producción, pero por sí solo no mide impacto ambiental.

Dos explotaciones pueden producir la misma cantidad de oro después de haber transformado cantidades completamente diferentes de territorio.

Lo que ocurre durante un frente de trabajo:

Cuando la explotación se mecaniza, el impacto tampoco ocurre en un único momento.

La exploración y los cateos intervienen inicialmente el terreno. El descapote puede retirar vegetación y suelo superficial. La excavación modifica la geometría del terreno y puede afectar suelos, sedimentos y aguas. Posteriormente, el lavado moviliza grandes cantidades de material y separa fracciones gruesas, arenas y finos. Finalmente quedan excavaciones, materiales procesados, colas y superficies que pueden ser recuperadas o simplemente abandonadas.

En los sistemas fluviales el problema adquiere otra dimensión. La investigación colombiana ha documentado erosión y aumento en el transporte de sedimentos, alteraciones de terrazas aluviales, modificaciones del funcionamiento hídrico y cambios que pueden permanecer incluso años después de terminada la intervención.

Cuando se utilizan sustancias como el mercurio aparece además una dimensión química de enorme importancia. Pero esto no debe llevar a confundir el uso de mercurio con la totalidad del impacto ambiental.

Una explotación que no utilice mercurio puede seguir removiendo suelo, generando sedimentos, alterando drenajes o transformando un cauce.

Cuando el impacto viaja con el agua:

Una de las mayores dificultades para comprender esta actividad es que su impacto no necesariamente termina donde termina el frente.

Los sedimentos movilizados pueden incorporarse a quebradas y ríos y desplazarse dentro de una cuenca. Por eso la alteración debe observarse también aguas abajo.

El complejo de humedales de Ayapel ofrece un ejemplo colombiano de esa necesidad de ampliar la escala. Allí se han realizado investigaciones sobre mercurio y otros metales en sedimentos y sobre la manera como el pulso hidrológico interviene en su movilidad y distribución. Otros estudios han analizado la presencia de algunos de estos elementos en diferentes componentes del ecosistema.

Esto no significa que todos los problemas ambientales de un humedal como Ayapel puedan atribuirse a una sola explotación o exclusivamente a la minería. Significa algo más importante: los sistemas hídricos conectan lugares que pueden encontrarse a muchos kilómetros de distancia.

La frontera física de un frente de trabajo no necesariamente coincide con la frontera de su impacto ambiental.

Cuando muchos pequeños se convierten en un gran impacto:

Existe además una cuestión de escala.

Una operación pequeña puede transformar una superficie reducida. Pero muchas operaciones pequeñas concentradas sobre un mismo territorio o sistema hídrico pueden generar una huella acumulada considerable.

Colombia dispone de sistemas de percepción remota para identificar Evidencias de Explotación de Oro de Aluvión —EVOA— en ríos, quebradas y planicies asociadas a estos sistemas. Esa observación territorial permite identificar, cuantificar y seguir la evolución de áreas intervenidas y ayuda a comprender por qué la minería aluvial también debe analizarse como fenómeno de paisaje y no únicamente como suma de explotaciones individuales.

Aquí aparece otra advertencia importante: pequeño no significa necesariamente inocuo. El tamaño de cada unidad es solamente una parte del problema. También importan su concentración, ubicación, tecnología y efecto acumulado sobre una misma cuenca.

¿Puede recuperarse un territorio después de la minería?:

La experiencia colombiana también impide caer en el extremo contrario: considerar que todo terreno intervenido por minería aluvial está inevitablemente perdido.

En el Bajo Cauca antioqueño y el Chocó existen experiencias de recuperación de suelos degradados por minería aurífera desarrolladas durante décadas. Entre ellas se encuentra el establecimiento de Acacia mangium en terrenos intervenidos y el posterior estudio de procesos como recuperación de cobertura, producción de hojarasca, incorporación de materia orgánica y circulación de nutrientes.

Las investigaciones muestran que este tipo de intervención puede contribuir, bajo determinadas condiciones, a recuperar procesos importantes en terrenos profundamente degradados y facilitar etapas tempranas de rehabilitación del suelo y la vegetación.

Son resultados importantes porque demuestran que la recuperación es posible.

Pero introducen también una diferencia fundamental.

Volver a ver verde no significa volver exactamente al ecosistema anterior:

Revegetar, rehabilitar y restaurar no son necesariamente la misma cosa.

Un terreno antiguamente minero puede volver a tener árboles, sombra, materia orgánica y nueva vegetación y encontrarse en condiciones enormemente mejores que cuando terminó la explotación. Eso constituye una recuperación real.

Pero la composición de especies, las características del suelo, la conectividad ecológica, los drenajes o la relación original entre el río y su planicie pueden permanecer modificados.

Por eso la recuperación ambiental no puede evaluarse únicamente observando si nuevamente crecieron árboles.

La pregunta es más exigente: ¿qué funciones del territorio regresaron y cuáles no?

Una realidad más compleja de lo que parece:

La evidencia colombiana obliga entonces a abandonar explicaciones demasiado sencillas.

No toda minería aluvial produce la misma huella. No todo impacto proviene del mercurio. Una explotación pequeña no necesariamente produce un impacto acumulado pequeño. Una operación mecanizada tampoco puede evaluarse únicamente por el número de máquinas que utiliza. La cantidad de oro producida no revela cuánto material fue necesario intervenir. Y recuperar cobertura vegetal no significa necesariamente reconstruir todas las funciones del ecosistema original.

Incluso dos frentes técnicamente semejantes pueden tener consecuencias diferentes dependiendo de si trabajan sobre una terraza previamente intervenida, cerca de una quebrada, dentro de un sistema fluvial o en conexión con un humedal.

Comprender esas diferencias no disminuye la responsabilidad ambiental de la minería. Al contrario, permite empezar a definirla con mayor precisión.

Quizá por eso la pregunta ambiental no debería comenzar solamente por cuánto oro produjo una explotación.

También deberíamos preguntar dónde ocurrió, cómo se extrajo, cuánto territorio fue necesario intervenir, qué sucedió con el agua y los sedimentos y en qué condiciones quedó ese territorio cuando terminó la explotación.

Solamente después de comprender esas variables podremos abordar la pregunta siguiente, mucho más difícil:

¿quién debe asumir el costo de evitar, mitigar y recuperar esos impactos, y en qué momento de la cadena económica del oro debe hacerlo?

Fuentes:

Gaviria, Sergio y Angel-Amaya, Jennifer. Geoindicadores aplicados al estudio de los efectos ambientales de la explotación de oro aluvial en la cuenca baja del río Quito, Chocó (Colombia). Gestión y Ambiente, Universidad Nacional de Colombia, 2019. �

Revistas UNAL

Rúa Cardona, Alex Fernando; Flórez Molina, María Teresa; Palacio Baena, Jaime. Variación espacial y temporal en los contenidos de mercurio, plomo, cromo y materia orgánica en sedimento del complejo de humedales de Ayapel, Córdoba, noroccidente colombiano. Revista Facultad de Ingeniería, Universidad de Antioquia. �

Revistas UdeA

Castellanos-Barliza, Jeiner y León Peláez, Juan Diego. Investigaciones sobre Acacia mangium establecida en suelos degradados por minería aurífera en el Bajo Cauca antioqueño.

El árbol Acacia mangium (Fabaceae) facilita la recuperación de áreas mineras en la selva lluviosa del Chocó, Colombia. Revista de Biología Tropical, 2023.

Ministerio de Minas y Energía. Sala de Monitoreo y Evidencias de Explotación de Oro de Aluvión — EVOA.