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Construir futuro con la riqueza de hoy

Construir futuro con la riqueza de hoy
Sostenibilidad

Construir futuro con la riqueza de hoy

Hablar de sustentabilidad en los territorios mineros suele llevarnos inmediatamente al agua, el mercurio, la recuperación ambiental o las tecnologías limpias.

Todo eso importa.

Pero existe otra dimensión de la sustentabilidad de la que hablamos mucho menos: el tiempo.

Pensar de manera sustentable significa, en buena medida, sacrificar una parte del beneficio presente para construir algo que produzca resultados mañana. Y eso es mucho más difícil cuando las necesidades son hoy.

El hambre no da espera.

Para una familia que necesita ingresos, un joven que busca trabajo o un pequeño productor que encuentra en el oro una oportunidad económica inmediata, pedir que piense en lo que ocurrirá dentro de veinte años puede resultar demasiado abstracto.

Y durante generaciones, en numerosos territorios colombianos, el oro ha sido precisamente eso: una oportunidad real y cercana.

El problema no es extraer

La minería produce riqueza. Genera empleo, moviliza comercio, sostiene familias y empresas, aporta exportaciones y hace circular capital en regiones donde muchas veces existen pocas actividades capaces de hacerlo con la misma intensidad.

Por eso sería contradictorio presentar la extracción como el problema.

La pregunta no es si debemos aprovechar nuestros recursos. Es qué conseguimos construir mientras los aprovechamos.

La dificultad aparece cuando una economía depende tanto de una actividad que las demás alternativas encuentran poco espacio para desarrollarse.

Crear industria, tecnificar el campo, estudiar durante años, construir una empresa o desarrollar nuevos servicios requiere infraestructura, conocimiento, crédito, tiempo y mercados.

Extraer un recurso que ya existe en el territorio puede ofrecer una respuesta mucho más inmediata.

La oportunidad está hoy. La alternativa todavía hay que construirla.

No es una discusión puramente teórica. La propia política pública colombiana reconoce actualmente la necesidad de combinar actividad minera con industrialización, nuevas alternativas productivas, asociatividad y reconversión laboral en regiones con alta dependencia minera.

Cuando vivir del presente se convierte en una forma de vida

La urgencia repetida durante años puede terminar moldeando una economía.

Capital, trabajo, comercio y conocimiento gravitan naturalmente hacia aquello que ofrece oportunidades. Si durante décadas esa oportunidad principal ha sido el mineral, buena parte de la vida económica termina organizándose alrededor suyo.

Y pueden aparecer círculos difíciles de romper.

La falta de alternativas aumenta la dependencia de la actividad existente; esa dependencia concentra todavía más capacidades alrededor de ella; y construir actividades diferentes se vuelve más difícil.

A esto pueden sumarse problemas que no son causados exclusivamente por la minería: informalidad, baja presencia institucional, dificultades educativas, infraestructura insuficiente, corrupción, violencia o economías ilícitas.

Las realidades son distintas en cada territorio y sería equivocado reducirlas a una sola explicación. Los propios diagnósticos oficiales encuentran brechas socioeconómicas importantes en diferentes regiones mineras del país, mientras el DANE continúa mostrando una diferencia considerable entre las condiciones de vida nacionales y las de muchos territorios rurales y PDET. En 2025, por ejemplo, la pobreza multidimensional fue de 9,9% para el país y de 21,2% en municipios PDET.

La contradicción merece una pregunta:

¿Cómo puede una riqueza que circula durante generaciones convertirse en una riqueza que permanezca?

Los espejos del éxito

También existe una dimensión cultural.

Todos aprendemos observando.

Las nuevas generaciones miran quién prospera, cómo lo hace y cuáles son los símbolos que la sociedad asocia con el éxito.

En las economías de bonanza, el dinero puede ser especialmente visible. Vehículos, joyas, ropa, celebraciones y consumo muestran rápidamente que alguien tuvo una buena temporada.

No hay nada reprochable en disfrutar aquello que se ha ganado.

El asunto es que el consumo se ve mucho más fácilmente que la construcción de patrimonio.

Vemos la camioneta. No vemos el ahorro.

Vemos la celebración. No vemos una empresa capitalizándose durante diez años.

Vemos el resultado inmediato. Mucho menos el conocimiento, la educación o una inversión que todavía no produce frutos.

Y esos espejos importan.

Pero la imitación social también puede funcionar en sentido contrario. El productor que tecnifica su actividad, el empresario que reinvierte, la familia que convierte una bonanza en educación o quien utiliza sus ingresos para construir otra fuente de riqueza también pueden convertirse en referentes.

No se trata de eliminar el deseo de prosperar. Se trata de ampliar nuestra idea de prosperidad.

¿Quién le pone el cascabel al gato?

Todos podemos estar de acuerdo en que necesitamos mejor educación, infraestructura, empresas, instituciones, ahorro, tecnología y alternativas productivas.

La pregunta difícil es quién comienza.

No existe un único responsable.

El Estado tiene responsabilidades. También los gobiernos territoriales, las empresas, las instituciones educativas, el sistema financiero, las familias y las propias comunidades.

Pero existe una condición previa que a veces olvidamos:

no basta con pedirle a alguien que piense en el futuro; hay que ayudar a que ese futuro sea posible.

No podemos pedirle ahorro a quien apenas consigue cubrir sus necesidades. Ni diversificación a un territorio sin carreteras, energía, financiación o mercados. Ni formación a un joven que no encuentra una oportunidad creíble al final de ese esfuerzo.

La conciencia importa.

Las oportunidades también.

Construir con el oro

La diversificación tampoco tiene que comenzar rechazando aquello que ya funciona.

Una economía minera puede desarrollar alrededor suyo talleres, logística, ingeniería, tecnología, servicios ambientales, transporte, comercio, formación técnica, servicios financieros y empresas locales. Y esas capacidades pueden, con el tiempo, servir para crear otras actividades.

El oro puede ser parte de la solución.

La diferencia está en conseguir que una porción de la riqueza que genera sobreviva a la bonanza.

En una familia puede permanecer como educación o patrimonio. En una empresa, como tecnología y capital. En una comunidad, como conocimiento y oportunidades. En un territorio, como infraestructura, instituciones y nuevas actividades productivas.

Esa quizá sea una manera más humana de hablar de sustentabilidad.

No preguntarnos solamente cuánto podemos extraer ni cuánto podemos producir hoy.

Preguntarnos también qué quedará construido gracias a esa riqueza.

Porque las necesidades del presente son reales y no pueden esperar. Pero precisamente por eso, cuando aparecen períodos de prosperidad, existe una oportunidad extraordinaria para empezar a disminuir la fragilidad del mañana.

La pregunta no es si debemos extraer nuestra riqueza. La pregunta es qué estamos construyendo con ella mientras la extraemos.

Tal vez el verdadero desafío de la sustentabilidad sea ese: conseguir que el oro no solamente permita vivir mejor mientras circula, sino que ayude a construir capacidades, oportunidades y referentes que permanezcan cuando la bonanza haya pasado.

Fuentes

DANE — Pobreza multidimensional 2025.

UPME — Distritos Mineros Especiales para la Diversificación Productiva y diagnósticos territoriales.

Banco de la República — Estudios sobre recursos naturales, desarrollo territorial y capital humano.