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Del tablero de tiza a un mercado más estructurado

Del tablero de tiza a un mercado más estructurado
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Del tablero de tiza a un mercado más estructurado

Hace algunos años, en muchos territorios mineros de Colombia, el precio del oro comenzaba con una llamada.

Cerca de las diez de la mañana llegaba desde la capital una referencia. El comprador tomaba una tiza, escribía el precio en un tablero y aquella cifra comenzaba a circular entre productores y comerciantes.

Allí permanecía hasta la mañana siguiente.

Durante esas horas el oro nunca había dejado de moverse en el mundo.

Lo que no se movía era el precio del pueblo.

Hoy ocurre exactamente lo contrario.

La cotización internacional está en el teléfono.

Productores y compradores pueden seguir la onza y el dólar prácticamente en tiempo real. La información se democratizó y con ella aumentó también la capacidad del productor para conocer el valor de su mineral.

Es un enorme avance.

Pero hay algo que avanzó más lentamente: las herramientas para administrar toda esa información y el riesgo que viene con ella.

Todos los mercados comenzaron organizándose

Esto no es una particularidad de los territorios mineros colombianos.

Los grandes mercados de commodities también nacieron de comerciantes que necesitaban encontrarse, acordar precios y comprometer entregas.

En Londres, el mercado del oro desarrolló durante décadas prácticas entre comerciantes hasta consolidar mecanismos formales de referencia. El Gold Fixing de 1919 comenzó incluso con órdenes comunicadas por teléfono y posteriormente evolucionó hacia procedimientos y estándares cada vez más definidos.

En Chicago ocurrió algo semejante con los granos. Primero estuvieron los comerciantes y los acuerdos de entrega futura. Después llegaron contratos estandarizados, calidades definidas, garantías, mecanismos de compensación y reglas para administrar el incumplimiento.

La secuencia histórica resulta interesante:

primero aparece el mercado; después el mercado aprende a organizarse.

Nuestro mercado también creó sus propias herramientas

En los territorios mineros ocurrió naturalmente algo parecido.

Aparecieron las llamadas, las referencias, los porcentajes y los llamados cierres: fijaciones mediante las cuales un participante compromete una cantidad de oro a determinado precio.

La necesidad que resuelven es completamente legítima. El oro es volátil y entre el momento de comprar, consolidar y vender pueden cambiar tanto la cotización internacional como la tasa de cambio.

Pero aquí existe una distinción técnica fundamental:

fijar un precio no significa necesariamente cubrir el riesgo.

Una operación puede dejar expuesto al participante al riesgo de precio, cambiario, de contraparte, de entrega o de liquidez.

Los mercados organizados llevan mucho tiempo poniéndoles nombre a esos riesgos porque aprendieron, muchas veces después de crisis y pérdidas, que identificarlos es el primer paso para administrarlos.

Cuando una posición comienza a formar el precio

Aquí aparece un fenómeno particularmente importante.

Un comercializador puede tener una fijación previa que necesita cumplir. Si el mercado se mueve y esa posición adquiere valor, conseguir el oro necesario para entregarla puede volverse más importante que mantener su margen habitual.

Está dispuesto a pagar más por el mineral.

Ese comportamiento puede ser perfectamente racional para él.

Pero el territorio no observa necesariamente la posición financiera que existe detrás de ese precio.

Observa solamente el precio.

Otros compradores reaccionan para conservar abastecimiento. Los productores incorporan la nueva referencia a sus expectativas y una condición transitoria comienza a propagarse por el mercado.

Podríamos entenderlo como una presión de cobertura: la necesidad de completar una posición empuja temporalmente la demanda física y transmite esa presión al precio territorial.

Entonces puede comenzar una espiral.

Un precio excepcional se convierte en referencia.

La competencia comprime márgenes. Para sostenerlos se asumen nuevas posiciones o mayores riesgos. Una nueva variación del mercado aumenta las necesidades de liquidez o de mineral. Y esas necesidades vuelven a presionar el precio.

El precio empieza a alimentarse no solamente del valor del oro, sino de las posiciones que el propio mercado ha construido alrededor de él.

Cuando el riesgo se convierte en deuda

La misma dinámica funciona en sentido contrario.

Una fijación que parecía razonable puede transformarse rápidamente en una pérdida cuando cambian la onza o el dólar.

Si existe una cobertura real, el riesgo ha sido administrado.

Si solamente existe un compromiso comercial, alguien tiene que absorber la diferencia.

Y cuando no existe suficiente capital para hacerlo, la pérdida puede convertirse en deuda. Una obligación con un proveedor conduce a otra con un comprador; un incumplimiento puede afectar la siguiente operación y el problema puede propagarse a través de relaciones comerciales que estaban conectadas entre sí.

Eso ayuda a explicar una característica que el sector conoce bien: empresas que crecen rápidamente y después enfrentan fuertes problemas de liquidez, obligaciones acumuladas y conflictos entre contrapartes.

No necesariamente porque el negocio del oro carezca de margen.

A veces ocurre porque una empresa comercialmente rentable puede estar administrando riesgos financieros que no sabe que tiene.

Y esa diferencia es enorme.

Formalizamos actores, pero poco hemos hablado del mercado

Colombia ha dedicado años a discutir cómo formalizar al productor y al comercializador.

Hablamos de títulos, RUCOM, regalías, tributación, trazabilidad, debida diligencia, origen del mineral y requisitos ambientales.

Todo eso es necesario.

Pero existe otra dimensión de la formalización que ha recibido mucha menos atención:

la organización técnica y financiera del propio mercado.

Un productor puede estar formalizado.

Un comercializador también.

Y ambos pueden seguir negociando un activo financiero global mediante fijaciones que no siempre cuentan con contratos estandarizados, coberturas verificables, garantías suficientes o mecanismos claros para administrar el riesgo de contraparte.

Formalizar a quienes participan no basta si dejamos sin estructurar el espacio donde negocian.

¿Cómo construimos un mercado donde todos quepan?

La respuesta no debería ser controlar el precio.

Tampoco reducir la competencia ni establecer cuánto debe pagar un comprador.

Los mercados más desarrollados siguieron otro camino: conservaron la competencia y construyeron mejores reglas para ejercerla.

Colombia podría comenzar una conversación semejante alrededor de su mercado físico del oro.

Contratos más claros. Estándares para las fijaciones. Coberturas accesibles. Gestión simultánea del oro y la tasa de cambio. Evidencia de las posiciones. Reglas frente al incumplimiento. Formación financiera. Herramientas que permitan que un pequeño participante pueda administrar su riesgo sin necesitar convertirse en especialista en derivados.

Y esta conversación no pertenece exclusivamente al Gobierno.

Los grandes comercializadores y exportadores, productores, compradores territoriales, entidades financieras, gremios, autoridades y plataformas tecnológicas tienen experiencia suficiente para empezar a construir estándares de mercado que generen confianza sin restringir la competencia.

Porque organizar un mercado no significa cerrarlo.

Significa permitir que más personas puedan participar en él sin asumir riesgos que no comprenden.

Hace años, el tablero de tiza resolvió una necesidad de su tiempo.

Después llegaron el teléfono, WhatsApp, las fijaciones y el precio en tiempo real.

Cada una de esas herramientas fue una respuesta natural de un mercado que estaba evolucionando.

Quizás haya llegado el momento de la siguiente evolución.

No solamente formalizar el oro.

No solamente formalizar al minero.

No solamente formalizar al comercializador.

Empezar a estructurar el mercado que los conecta.