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La cuenta que queda abierta después del oro

La cuenta que queda abierta después del oro
Sostenibilidad

La cuenta que queda abierta después del oro

Cuando todas las cuentas parecen cerrar:

Una operación de producción y comercialización de oro puede terminar perfectamente cuadrada. Se pesó el mineral, se determinó su ley, se calcularon los gramos finos, se pagó al productor, se liquidaron las regalías y el metal continuó hacia el mercado. Cada movimiento económico encontró finalmente su registro.

Pero para saber si realmente cerramos todas las cuentas hay que regresar al lugar donde comenzó la operación.

Allí podemos encontrar un terreno recuperado y reconformado. Pero también puede quedar una excavación abierta, materiales removidos, suelos alterados, colas o un sistema de aguas que ya no funciona de la misma manera.

El oro salió. La operación económica terminó. La cuenta del territorio puede seguir abierta.

Una deuda que llamamos pasivo ambiental:

La expresión pasivo ambiental resulta curiosamente apropiada. Parece pertenecer al lenguaje de la contabilidad, aunque detrás de ella existen cosas profundamente materiales: tierra, agua, vegetación, ecosistemas y comunidades que habitan un territorio.

El término puede incluso hacernos olvidar la sencillez del problema. Cuando una actividad obtiene valor de un territorio y deja pendiente parte de su recuperación, queda algo parecido a una deuda.

Y esa deuda no desaparece porque el oro haya sido vendido.

Existe además una dificultad que vimos al estudiar la minería aluvial: el número de gramos producidos no necesariamente representa la magnitud de la transformación. Un frente de buen tenor puede producir mucho oro con determinada intervención, mientras otro puede mover grandes cantidades de material y recuperar muy poco. Incluso puede existir intervención sin una producción suficiente para financiar posteriormente su recuperación.

Por eso no basta con imaginar una cuenta ambiental calculada simplemente por cada gramo.

La huella determina lo que necesita recuperarse; la producción puede ayudar a financiar esa recuperación.

La responsabilidad no termina en el hueco:

La primera responsabilidad pertenece naturalmente a quien interviene el territorio. Las dificultades económicas, la informalidad o las condiciones del mercado no eliminan la responsabilidad del productor sobre la manera como trabaja y sobre aquello que deja después.

Pero tampoco deberíamos detener la reflexión allí.

Mientras existe producción hay maquinaria, trabajadores y flujo económico. Recuperar también cuesta. Reconformar un terreno, manejar adecuadamente las aguas, ordenar materiales o revegetar significa destinar recursos a actividades que no producen nuevos gramos de oro.

Por eso resulta tan importante recuperar progresivamente mientras la operación todavía está activa. La regulación colombiana sobre cierre de minas expedida en 2026 avanza precisamente en esa dirección al incorporar el cierre progresivo y prever mecanismos económicos para respaldar las obligaciones de cierre.

Pero la regulación plantea a su vez una pregunta económica más amplia: ¿dónde encuentra la recuperación ambiental su lugar dentro del valor generado por el oro?

El productor participa de ese valor, pero no es el único. Después aparecen compradores, comercializadores, refinadores, fabricantes y finalmente quienes demandan el metal.

Las responsabilidades son diferentes y no pueden confundirse. Sin embargo, todos forman parte de una cadena de suministro que existe porque en algún lugar hubo un territorio del cual fue posible extraer oro.

La cuenta que todavía falta cerrar:

Los mercados son extraordinariamente buenos contabilizando aquello que tiene precio.

El oro tiene peso, ley y cotización. Podemos seguir su compra, su venta y su transformación. Podemos calcular costos, márgenes, impuestos y regalías.

Podemos saber cuánto recibió cada participante.

Para el territorio es más difícil de llevar a esa contabilidad.

Quizá por eso resulta tan fácil que su costo aparezca al final bajo una expresión técnica: pasivo ambiental.

Pero detrás de esas dos palabras queda una pregunta bastante sencilla.

Si todos quienes participaron económicamente de una operación pudieron cerrar sus cuentas, ¿quién cerró la cuenta del lugar donde comenzó?

No se trata de convertir toda transformación minera en una deuda ni de atribuir la misma responsabilidad a todos los participantes. Se trata de reconocer que producir oro tiene costos que no terminan necesariamente cuando termina la extracción.

Una cadena de suministro responsable debería ser capaz de reconocer también esos costos.

Porque podemos cerrar el pago, cerrar las regalías, cerrar la venta y cerrar el lote.

Podemos contabilizar hasta el último gramo y hasta el último peso.

Pero si el territorio queda pendiente de recuperación, todavía queda una cuenta abierta después del oro.

Fuentes:

Presidencia de la República de Colombia / Ministerio de Minas y Energía. Decreto 742 de 2026, reglamentación del cierre de minas.

Ministerio de Minas y Energía. Información institucional sobre cierre progresivo y garantías para el cierre de minas en Colombia, 2026.

González-González, A. et al. Investigaciones sobre restauración forestal posterior a minería aluvial de oro en Colombia. Biota Colombiana.

León Peláez, J. D. et al. Investigaciones sobre recuperación de suelos degradados por minería aurífera en el Bajo Cauca antioqueño.