
Cuando pensamos en inteligencia artificial imaginamos algoritmos, procesadores, enormes centros de datos y cantidades crecientes de electricidad. Mucho menos evidente es que detrás de esa infraestructura también existen materiales físicos cuya demanda aumenta a medida que crece la capacidad de cómputo mundial.
Uno de ellos es el oro.
El metal se utiliza desde hace décadas en la industria electrónica por una combinación difícil de reemplazar en determinadas aplicaciones: conduce muy bien la electricidad, resiste la corrosión y permite fabricar conexiones extremadamente confiables. Por eso puede encontrarse en conectores, contactos, circuitos y otros componentes en los que una falla diminuta puede comprometer equipos mucho más costosos.
Las cantidades presentes en cada componente son pequeñas. El fenómeno adquiere otra dimensión cuando se multiplica por millones de procesadores, servidores, sistemas de almacenamiento, equipos de comunicaciones y dispositivos electrónicos.
Los datos empiezan a reflejarlo.
Según el World Gold Council, durante el primer trimestre de 2026 el sector tecnológico utilizó alrededor de 82 toneladas de oro. De ellas, aproximadamente 69 toneladas correspondieron a electrónica, un aumento del 3 % frente al mismo período del año anterior y el nivel trimestral más alto desde finales de 2021.
El organismo identifica entre los factores que están apoyando esta demanda el despliegue mundial de infraestructura relacionada con inteligencia artificial. Durante el segundo trimestre volvió a señalar la inversión asociada con IA como uno de los soportes de la demanda tecnológica de oro.
Esto no significa que la inteligencia artificial esté convirtiéndose en el principal consumidor mundial del metal. La joyería y la inversión continúan representando volúmenes considerablemente mayores. Tampoco significa que cada nuevo centro de datos requiera grandes cantidades de oro de manera individual.
Lo interesante está en la escala.
La inteligencia artificial necesita cada vez más capacidad de procesamiento. Esa capacidad requiere semiconductores. Los semiconductores necesitan servidores y equipos de comunicaciones. Los servidores necesitan conexiones capaces de funcionar de manera estable durante años.
Y detrás de algunas de esas conexiones aparecen pequeñas cantidades de oro.
Es una transformación interesante en la historia de un metal que la humanidad lleva utilizando durante milenios.
Primero fue principalmente ornamento y símbolo de poder. Después moneda y reserva de riqueza. Con la industrialización encontró nuevas aplicaciones en medicina, aeronáutica, telecomunicaciones y electrónica. Ahora una parte diminuta, pero creciente dentro del universo tecnológico, participa en la construcción de la infraestructura de la inteligencia artificial.
Hay además una paradoja interesante.
La inteligencia artificial suele describirse como algo intangible: datos, modelos, algoritmos y software que existen en la nube. Pero la nube es profundamente física. Necesita edificios, energía, cobre, silicio, sistemas de refrigeración, redes de fibra óptica y una enorme cantidad de componentes electrónicos.
Entre esos materiales también está el oro.
Un metal utilizado por las primeras civilizaciones conocidas continúa encontrando nuevas funciones en algunas de las tecnologías más avanzadas que hemos construido.
La inteligencia artificial pertenece al siglo XXI.
Parte de la infraestructura que la hace posible sigue dependiendo de un metal que la humanidad conoce desde hace miles de años.
Fuente: World Gold Council, Gold Demand Trends 2026.





